Kaiowás: un genocidio silencioso en Brasil

KaiowasBrasilArtículo por E.J. Rodríguez – Tenemos que aumentar el porcentaje de biodiésel en la gasolina diésel. Eso tendrá efectos muy significativos en la reducción del efecto invernadero. Además, la reducción en las importaciones de petróleo generará un impacto positivo sobre la inflación (Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, en 2014).

Les pedimos que de una vez por todas decreten nuestro total diezmado, nuestra total extinción, y que envíen muchos tractores para excavar un gran agujero en el que arrojar y enterrar nuestros cuerpos. Esto es lo que pedimos a la Justicia Federal. Ya estamos esperamos su decisión. Decreten la muerte en masa de los indios guaraní y kaiowá de las tierras de Pyelito Kue y Mbarakay, y entiérrennos aquí, dado que tenemos completamente decidido que no abandonaremos este lugar ni vivos ni muertos (Carta de indígenas kaiowá al Gobierno brasileño, en 2012).

Dos citas que provienen de dos mundos distintos enclaustrados en un mismo territorio. Uno, el Brasil federal de los intereses agropecuarios de los ricos fazendeiros, de las empresas mineras, de los cultivos destinados a la producción de biodiésel. Un Brasil de doscientos millones de habitantes que conforme usted lee estas líneas está aplastando al otro, el país de los indios guaraní-kaiowá. Como los ciento setenta que fueron desahuciados de sus tierras por decisión de los tribunales brasileños y que en el año 2012 enviaron una carta a las autoridades, amenazando con quitarse la vida si se los expulsaba de su hogar. Todos ellos, hombres, mujeres, niños, morirían antes que abandonar la tierra en que estaban enterrados sus ancestros. No era la primera vez —ni por desgracia será la última— en que los kaiowás recurren a medidas tan extremas. Aunque la alienación psicológica y social es algo que se ha observado en todos los pueblos indígenas despojados de sus tierras, los kaiowás constituyen un fenómeno escalofriante porque llevan décadas respondiendo al expolio de sus tierras con un terrible acto de protesta: el suicidio ritual.

Su trágica historia rara vez recibe atención internacional. Con frecuencia vemos en el cine referencias al expolio sufrido por los indios norteamericanos durante el siglo XIX, pero el pueblo kaiowá está padeciendo un destino idéntico hoy mismo. No es un asunto propio de los libros de historia, sino actual. Lo curioso es que muchas personas fuera de Brasil conociesen el drama de las maneras más extrañas. Por ejemplo, en 1993 el grupo brasileñoSepultura sorprendía a sus seguidores con una canción muy alejada de su habitual death metal furibundo. Un tema acústico, sin letra, de aire dramático y titulado sencillamente «Kaiowas», era la protesta muda de los miembros de Sepultura ante la situación de una tribu progresivamente despojada de sus tierras en pos de diversos intereses económicos y con la total complicidad de las autoridades brasileñas. Para muchos, aquí en Europa, aquella hermosa música se convirtió en la banda sonora de una lejana tragedia, el suicidio masivo de los indios kaiowás, del que apenas acababan de enterarse.

Como podrán comprobar han transcurrido veinte años entre aquella canción y la carta que citábamos al inicio, pero pocas cosas han cambiado. La prensa internacional dedica a los kaiowás una atención episódica, convirtiéndolos en noticia cada vez que se habla de suicidio ritual masivo, pero acostumbra a olvidarlos de nuevo al poco tiempo, porque en su territorio no hay una guerra de esas cuyos bombardeos puedan ocupar minutos en los noticiarios. Pero la tragedia no hace más que empeorar y las estadísticas son espantosas. Tomemos como ejemplo la reserva de Dourados, en donde más de doce mil kaiowás —antes habituados a repartirse por un extenso territorio— se ven obligados a concentrarse en apenas treinta kilómetros cuadrados de terreno. Se calcula que el 25% de ellos sufre de desnutrición crónica, la cual provoca la muerte de entre diez y veinte niños al año. El hacinamiento y la escasa atención sanitaria los convierten en víctimas fáciles de la malaria, el dengue o la hepatitis. Observadores cercanos denuncian que los programas de atención gubernamentales, que sobre el papel deberían ocuparse de estos problemas, están plagados por la corrupción, igual que aquellas agencias indias en la Norteamérica del siglo XIX. Resulta difícil distinguir a las ONG bienintencionadas de las que los funcionarios usan para el desvío de recursos, o incluso de aquellas que han sido compradas por las multinacionales para ejercer como pantalla de sus actividades empresariales en las tierras indias. Y mientras, en Dourados se produce un suicidio cada semana, aproximadamente. La tasa de asesinatos y muertes violentas por habitante supera no solamente a la ya de por sí alta tasa de crímenes del resto de Brasil, sino que —como señalaba con asombro un artículo del diario The Guardian— también es más alta que la de un país en guerra como Irak. De hecho, varios líderes kaiowás han sido asesinados y la justicia brasileña ha respondido generalmente con escasa ejemplaridad, cuando no con vergonzante manga ancha. La cultura kaiowá está siendo exterminada ante nuestros ojos y a la llamada «comunidad internacional» no le importa. Casi nadie en Brasil, y mucho menos en el exterior, hace nada por ellos. Son un pueblo sin futuro.

Quiénes son los kaiowás

La tribu Kaiowá pertenece a la cultura guaraní, que se extiende también por partes de Argentina, Paraguay o Bolivia. Dentro de Brasil los kaiowás son el grupo indígena mayoritario. No existen demasiados censos fiables y las cifras varían mucho de unas fuentes a otras, pero Povos Indígenas no Brasil afirma que en Brasil habría unos cincuenta mil guaranís, de los cuales treinta y un mil pertenecen a la tribu kaiowá (cifras de 2008). Sus poblados se levantan fundamentalmente en el estado de Mato Grosso do Sul, aunque una buena parte de ellos han desaparecido y sus antiguos habitantes están ya confinados en reservas.

Históricamente, la ubicación en la selva del interior del Brasil mantuvo a los kaiowás alejados del trajín de la inmigración europea. Durante siglos, además, los escasos contactos con los extranjeros se produjeron de forma pacífica. Siendo una tribu geográficamente muy extendida, los kaiowás estaban acostumbrados a viajar entre poblados y cultivar relaciones a distancia, así que nada tenían de la ancestral desconfianza, a veces incluso violenta, de otras pequeñas tribus aún más aisladas que tendían a sentirse inmediatamente amenazadas ante la presencia de cualquier extraño. Los kaiowás, por el contrario, eran poco problemáticos para los recién llegados. De manera parecida a las agrupaciones de clanes de Norteamérica, la tribu kaiowá constituye una auténtica nación india que se contentaba con llevar sus propios asuntos. Tienen sus características peculiares. Su lengua, religión y costumbres son comunes pese a la dispersión de la población. Eran y son una cultura sofisticada.

Su vida era modesta y plácida. Habitaban en poblados donde varios clanes o familias extensas (típicamente cinco o seis) cuidaban sus pequeños cultivos o recurrían a la abundante caza y pesca que proporcionaba el entorno selvático. De naturaleza sedentaria, su profundo vínculo con la tierra es algo que siempre ha intrigado a los observadores. Antropólogos, misioneros, periodistas, voluntarios o los escasos funcionarios brasileños que han intentado entenderlos llegan a una conclusión común: la tierra es un elemento fundamental en el sentido de la identidad y la religiosidad kaiowá. Con ella mantienen una relación que va más allá de lo meramente utilitario, porque la tierra no solamente les proporciona el sustento sino que conforma su identidad grupal e individual. Los kaiowás carecen de banderas o fronteras, pero sí albergan un profundo sentido del arraigo hacia aquellos lugares donde están enterrados sus antepasados, lugares que ellos consideran sagrados e inviolables y cuyo entorno natural respetan en lo posible. Un kaiowá puede mudarse de una aldea a otra para empezar una nueva vida, para renovar las líneas genéticas o para establecer vínculos entre clanes, y de hecho es algo que hacían a menudo, como también hacían las tribus norteamericanas. Pero su yo permanecerá ligado a aquellas tierras donde descansan los restos de sus mayores.

Esto ha conformado su mentalidad y su espiritualidad hasta el punto de que consideran las tierras que habitan como la puerta hacia el paraíso. La tradición kaiowá habla de la «Tierra sin Mal», paraíso terrenal que sus antepasados anhelaron encontrar durante generaciones. La promesa de encontrarla era la gran esperanza que mantenía su ánimo en los momentos más difíciles y progresivamente fueron identificándola con el lugar al que marchaban sus difuntos. Para los kaiowás, el espíritu de cada persona necesita descansar en el tekoha o cementerio sagrado; allí puede reencontrarse con sus seres queridos en la paradisíaca Tierra sin Mal. La conservación de sus tierras tradicionales constituye pues una triple garantía: de sustento, de identidad y también de salvación espiritual. Según su manera de observar la realidad y según sus tradiciones, la destrucción de su entorno y el expolio de sus tekoha es un funesto presagio del fin del mundo, una señal de que el universo ha perdido sus cimientos y va a venirse abajo. Y efectivamente están viviendo su particular fin del mundo, porque su mundo está desapareciendo.

Esa interconexión entre tierra e identidad es algo tan alejado de nuestro sentido de la propiedad que resulta difícil traducirlo a conceptos europeos. Sin embargo, sabemos que es real porque se ha manifestado de manera muy cruda en hechos. Cuando los kaiowás vivían en su refugio selvático e ignoraban alegremente la llegada y proliferación de inmigrantes en regiones más cercanas a la costa, eran un pueblo feliz. Sin embargo, a finales del siglo XIX las cosas empezaron a cambiar. La presión demográfica en Brasil y sobre todo los intereses económicos de diversas empresas y terratenientes hicieron que el territorio kaiowá se convirtiese en un cotizado botín. Durante el siglo XX esa presión fue creciendo: a partir de 1920, el avance de las explotaciones agrícolas empezó a desplazarlos. La situación llegó a un punto sin retorno durante la década de 1970, en que las plantaciones de soja demandaban territorios cada vez más extensos y los desahuciados empezaron a contarse por decenas por miles. En ese punto, la identidad colectiva e individual de los kaiowás quedó hecha añicos y todo atisbo de felicidad desapareció, quizá para siempre.

El expolio

Los desahucios de los kaiowás han seguido casi siempre un proceso idéntico. Primero, un terrateniente (fazendeiro) o una empresa fija sus ojos en un territorio habitado por los indígenas. Después lo ocupa —muchas veces incluso antes de obtener permiso gubernamental— y lo deforesta para su explotación. Así, la tierra sagrada de los kaiowás termina convertida en una plantación de azúcar o de soja, en una mina o en un extenso rancho para el ganado. Esta invasión de facto suele ir acompañada de un reclamo de propiedad por parte de los nuevos explotadores, en forma de contrato de compraventa federal o en forma de procedimiento judicial. Dado que los kaiowás vivieron siempre completamente ajenos al sistema de propiedad importado por los inmigrantes europeos, carecen de titularidad «legal» sobre sus propias tierras. De repente se encontraban con que ya no se aplicaban sus propias leyes, sino las leyes de un Estado brasileño que se había formado en torno a ellos. Sus tierras eran adjudicadas a terceros por un juez, o vendidas por el Estado. Un buen día, el nuevo amo de la tierra, mostrando su flamante título de propiedad, reclama al Gobierno que expulse a los indígenas. Y estos se encuentran indefensos. Cuando el asunto termina en los tribunales, cosa que ha sucedido a menudo, los kaiowás han comprobado una y otra vez —y con pocas excepciones— que los jueces federales reconocen únicamente las escrituras de propiedad «legales» en manos de los terratenientes o empresas recién llegados a aquellas tierras, mientras quienes las habitaron durante siglos se ven condenados a abandonarlas. La burocracia brasileña casi nunca reconoce una propiedad ancestral que no esté convenientemente registrada en papel.

¿Qué hace el Estado brasileño al respecto? Nada, o casi nada. Los kaiowás son tratados como una molestia pese a que la Constitución Federal incluye una «biensonante» defensa de sus derechos. Tan biensonante como engañosa. La Constitución brasileña de 1988 dedica a los indios el capítulo VIII del octavo título («Del Orden Social») con la supuesta intención de poner freno a lo que muchos observadores denominan abiertamente como genocidio. Quizá les parezca anecdótico, pero desde luego resulta muy simbólico el que, exceptuando el título final sobre disposiciones generales, la parte del texto dedicada a los indios esté en el último capítulo del último título de la Constitución. Una posición que constituye una perfecta metáfora. Pero, ¿qué dice concretamente la Constitución? En su artículo 231 dice así:

Se reconoce a los indios su organización social, costumbres, lenguas y creencias tradicionales, así como los derechos originarios sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, correspondiendo a la Unión [Estado] demarcarlas, protegerlas y hacer que se respeten todos sus bienes. (…) Se consideran tierras tradicionalmente ocupadas por los indios las habitadas por ellos con carácter permanente, las utilizadas para sus actividades productivas, las imprescindibles para la preservación de los recursos ambientales necesarios para su bienestar así como las necesarias para su reproducción física y cultural, según sus usos, costumbres y tradiciones.

Párrafos aparentemente bienintencionados que si fuesen citados así, de manera aislada, podrían parecer una defensa tajante de los derechos de los indígenas. Pero siempre hay letra pequeña cuando se trata de los débiles y ese mismo artículo está matizado por otras frases de doble filo como «el aprovechamiento de los recursos hidráulicos, incluido el potencial energético o la búsqueda y extracción de las riquezas minerales en tierras indígenas, solamente pueden ser efectuadas con autorización del Congreso Nacional» o «son nulos y quedan extinguidos, no produciendo efectos jurídicos, los actos que tengan por objeto la ocupación, el dominio y la posesión de las tierras a que se refiere este artículo (…) salvo por caso de relevante interés público de la Unión, según lo dispusiese una ley complementaria». El astuto lenguaje jurídico, en un ejercicio de indisimulada doblez, consigue que la Constitución les dé a los indígenas una de cal y otra de arena. El Estado brasileño se lavó la conciencia con un capítulo de sonoridad proteccionista en el que, no obstante, se reservaba la última palabra a la hora de decidir sobre el uso de las tierras indias y por tanto sobre el destino de los indígenas. En lenguaje más sencillo: los indios podrán conservar sus tierras mientras el poder político de Brasil no decida lo contrario. Las tierras indias siguen siendo susceptibles de la expropiación a causa del «interés general». Para los kaiowás, que durante mucho tiempo vivieron según sus propias leyes, es una situación verdaderamente kafkiana.

La palmaria contradicción entre palabras y actos que vemos ejemplificada en la propia Constitución brasileña recuerda mucho a lo sucedido en Estados Unidos durante el siglo XIX, donde el expolio violento se producía siempre precedido y acompañado por tratados, promesas y buenas palabras. Eso sí, los sucesivos Gobiernos del Brasil son cada vez más conscientes de que podrían tener un problema de imagen con el genocidio indio y muy particularmente con el drama de los kaiowás, cuyos suicidios rituales tienen el potencial de atraer la atención internacional. La mala conciencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de Brasil los lleva a fingir sensibilidad hacia el asunto de manera periódica. Por ejemplo, la momentánea repercusión internacional del drama durante los años noventa condujo a cierto número de decisiones judiciales favorables a los indios… aunque con el tiempo y el olvido esas decisiones han sido recurridas, revocadas o sencillamente ignoradas por los de siempre, las empresas y terratenientes que no han detenido su labor predadora. Mientras, el Gobierno y la justicia hacen de nuevo la vista gorda ante la invasión cuando no le dan la razón a los invasores si así lo dicta el «interés nacional». Incluso un presidente con fama de sensibilidad social como Lula da Silva se limitó a decretar medidas asistenciales, aunque haciendo poco o nada por cambiar la verdadera naturaleza de la situación.

Esperar un milagro en forma de un Gobierno brasileño que de verdad haga respetar los derechos indígenas constituye casi una quimera. La voracidad que despiertan las tierras kaiowás no ha hecho más que empeorar debido a la proliferación de cultivos dedicados a la producción de biodiésel, ese negocio ecológico-energético del siglo XXI del que tanto han presumido algunos dirigentes brasileños como la actual presidenta Dilma Rousseff. El moderno, prometedor y publicitado biodiésel se ha convertido en el clavo que faltaba para sellar definitivamente la tapa del ataúd kaiowá, por si no había suficiente con el imparable triplete de intereses agrícolas, ganaderos y mineros.

Pobreza, alcoholismo violencia… y suicidio ritual

Así pues, la deforestación de las tierras indias y el establecimiento de plantaciones, ranchos ganaderos o explotaciones mineras se hacía y se continúa haciendo básicamente por las bravas. Los habitantes de las aldeas kaiowás se encuentran con el ominoso fait accompli de la súbita destrucción de su entorno incluso antes de que los tribunales hubieran dictaminado siquiera sobre el asunto. ¿Qué salidas les han quedado? Pocas. Primero intentaban emigrar a otras regiones kaiowá, aumentando la presión demográfica de unos poblados cuya economía de subsistencia tropical no produce lo suficiente para alimentar a demasiada gente (de ahí la tradicional dispersión geográfica de esta tribu). Cuando los demás territorios kaiowás eran también invadidos o deforestados, les quedaba retirarse a alguna de  las exiguas reservas concedidas por el Gobierno brasileño. En esas reservas carecen del entorno en que han sobrevivido durante siglos, el entorno que conocían y en el que sabían desenvolverse. Apenas tienen tierra para cultivar y desde luego pueden olvidarse de la posibilidad de cazar o pescar. Como su sustento se ve comprometido, muchos de ellos —generalmente los varones de la familia— se ven obligados a aceptar trabajos en las nuevas plantaciones de azúcar, en las fábricas de licor o en las factorías de procesamiento de carbón. Allí son explotados a cambio de un sueldo mísero, bajo condiciones laborales terribles que los trabajadores kaiowás soportan como pueden, sabiendo que eso constituye ya el único medio para enviar recursos a sus familias. Hace solo unas décadas que los kaiowás empezaron a ser arrojados a este nuevo modo de vida y apenas saben cómo defenderse de los abusos.

La falta de sustento y la explotación laboral no son la única consecuencia directa del desahucio de los kaiowás. Comentábamos que su identidad como pueblo y sus valores espirituales quedan deshechos cuando ven sus antiguas tierras arrebatadas, destruidas y transformadas en plantaciones o fazendas. Esto es lo que antropólogos y misionarios brasileños intentan explicar desesperadamente a quien quiera escucharlos: no podemos intentar comprender a los kaiowás y su vínculo espiritual con la tierra, tampoco podemos convertirlos en ciudadanos perfectamente integrados en un sistema que para ellos resulta aberrante. La alienación psicológica típica de las tribus indias despojadas de sus tierras y destinadas a reservas se reproduce en los kaiowás: el alcoholismo, los trastornos depresivos y la desestructuración social se convierten en plagas endémicas. También se suma el problema cada vez más extendido de las drogas. Al alcoholismo temprano —muchos kaiowás empiezan a beber tan pronto como a los doce o trece años— hay que añadir la cocaína («ese polvo que no sabemos cómo ha llegado hasta nuestras aldeas») que antes era desconocida entre ellos pero que ahora es motivo de conflictos y robos, un agravante más en la fractura social de la antaño estable comunidad kaiowá. Los narcotraficantes siempre mostraron interés por infiltrarse en grupos indígenas para usarlos después como vendedores o correos, especialmente en aldeas cercanas a ríos navegables, dado que resulta rápido y fácil transportar la droga en embarcaciones. Pero la droga también ha llegado hasta las reservas, caldo de cultivo idóneo para crear nueva clientela.

Otras consecuencias van más allá del mero ámbito psicológico individual. El sistema legal tradicional de los kaiowá queda automáticamente destruido a causa de la pérdida de sus tierras. Su justicia tribal solucionaba muchos conflictos mediante el extrañamiento. Esto es, que si dos miembros de una aldea se enfrentaban y no se llegaba a un arreglo que garantizase la paz, como mínimo uno de ellos era obligado a trasladarse con su familia a otra aldea kaiowá. Así se evitaba que los conflictos se enquistasen durante años —e incluso durante generaciones, como bien sabemos en Europa— y así mantenían una tasa muy baja de incidentes violentos. Pero tras perder el amplio ámbito geográfico del que antes eran dueños y señores, su sistema pasó a resultar inviable porque ya no había otras aldeas donde enviar a una de las partes en caso de conflicto. Hacinados en reservas, frustrados, alienados, y desprovistos de los instrumentos tradicionales para conseguir la paz social, los antaño pacíficos kaiowás se convierten en presa fácil para el caos interno y la violencia.

¿Y qué sucede con la altísima tasa de suicidios? Todas las poblaciones indígenas alienadas muestran altos índices de suicidio, producto inevitable de su situación. De hecho, estos últimos días podíamos leer la tétrica noticia de una oleada de suicidios entre adolescentes indios de Norteamérica. Pero entre los kaiowás el suicidio es algo más que una salida individual a una situación desesperada. Es también un acto de protesta. De ahí que acostumbre a producirse por ahorcamiento y que elijan ramas muy bajas de los árboles para colgarse. Lo cual, claro, les obliga a doblar voluntariamente las piernas para morir (algunos incluso lo hacen de rodillas) y así demostrar que quitarse la vida no ha sido una decisión precipitada de la que quizá se hubieran arrepentido de haber tenido una segunda oportunidad, sino un acto de voluntad, una elección muy premeditada. En las escasas ocasiones en que la prensa internacional se ha asomado a la tragedia kaiowá ha sido a causa de alguna oleada de suicidios. En estos casos, los espeluznados redactores extranjeros describen cómo el suicidio ritual no es cosa solamente de adultos, sino que también se registran casos de chicos y chicas adolescentes de catorce, quince o dieciséis años que deciden quitarse la vida según ese mismo rito.

Quizá el rasgo más distintivo y que más ha llamado la atención al respecto son las amenazas de suicidio grupal, como aquella que mencionábamos al principio de este artículo y que se produjo cuando una aldea kaiowá de Pyelito Kue fue desahuciada por orden de un tribunal que daba validez al título de propiedad de un comprador. Tras el desahucio, los antiguos habitantes del poblado retornaron a la tierra que consideraban suya y rogaron que en vez de dictar una nueva orden de desahucio por las fuerzas armadas, el tribunal decretara la muerte de los indios y que se les permitiera ser enterrados allí. Sin duda era una protesta a la desesperada, pero el problema de las autoridades brasileñas es que saben bien que los kaiowás no van de farol. No es la primera vez que un grupo de kaiowás afirma que prefiere morir antes que abandonar sus tierras y está dispuesto a cumplir su amenaza porque sabe bien el terrible destino que les espera en una reserva. Hoy, en pleno 2015, el asunto de Pyelito Kue continúa sin resolverse y el Gobierno opta por la inacción, dejando que los jueces resuelvan un destino anunciado. Entretanto, a finales de 2014 un joven kaiowá de los que escribieron la carta fue asesinado a tiros por los guardas de seguridad de la hacienda que ahora ocupa las antiguas tierras de su poblado. No ha sido el único. De hecho lo sucedido en Pyelito Kue, asesinatos incluidos, es lo habitual.

Una lucha sin victoria posible

Esto que ves aquí es mi vida, mi alma. Si me separas de esta tierra, me quitas la vida (Marcos Verón).

No es raro que los kaiowás desahuciados intenten regresar a sus tierras. En ocasiones su capacidad de resistencia es enorme. Un ejemplo: hace décadas, a mediados de los cincuenta, los habitantes de una aldea expoliada decidieron no resignarse a su destino. Sus tierras fueron ocupadas por un rico terrateniente brasileño que taló la selva y la convirtió inmediatamente en un rancho. Los indios desahuciados veían incrédulos como su entorno ancestral era destruido y transformado en una hacienda donde las vacas campaban a sus anchas por la tierra sagrada en la que estaban enterrados sus antepasados. Pero se negaron a alejarse, estableciéndose junto a los límites legales de la nueva hacienda con la intención de regresar algún día a su tierra sagrada. Enviaron múltiples reclamaciones a los sucesivos Gobiernos brasileños, los cuales ignoraban sistemáticamente sus reclamos. También recurrieron a los tribunales, que dieron la razón al terratiente. En 1997 y tras varias décadas de protesta infructuosa, finalmente a los kaiowás se les terminó la paciencia. Guiados por su anciano líder Marcos Verón y sin permiso «legal» de las autoridades —violando de hecho las sentencias de los tribunales federales— retornaron a sus tierras y sencillamente empezaron a reconstruir sus antiguos hogares y a replantar sus antiguos cultivos. Esta vez fue el terrateniente quien los llevó a juicio, porque desde su perspectiva de la legalidad federal brasileña aquella tierra había sido suya durante décadas (desde la perspectiva de la tradición kaiowá, claro, aquella tierra les pertenecía a ellos desde hacía siglos). El tribunal federal, como era de esperar, ordenó un nuevo desalojo de los kaiowás. Poco más de tres años después de regresar para reconstruir su aldea, una fuerza armada formada por policías y soldados los obligó a marcharse de nuevo. Estos kaiowás, una vez más, desdeñaron el exilio en una reserva y volvieron a instalarse en los límites de la fazenda para que nadie olvidase que aquellas eran sus tierras. Durante varios años más vivieron junto a una carretera bajo condiciones paupérrimas, teniendo como único hogar una especie de chabolas hechas con plásticos y declarando por enésima vez que no pensaban rendirse. En el año 2003, su líder Marcos Verón, que ya rondaba los setenta años de edad, los guio de nuevo hacia el territorio prohibido por el juez, pero esta vez los pistoleros a sueldo que se encargaban de vigilar la propiedad del terrateniente actuaron sin esperar a los tribunales. Le pegaron una paliza al anciano líder, dejándolo agonizante. Marcos Verón murió unas horas después a consecuencia de los golpes, convirtiéndose en un símbolo de la lucha kaiowá. Aunque sus asesinos fueron detenidos y juzgados, pasaron menos de cuatro años en la cárcel. Nunca se les acusó de homicidio, ni siquiera en grado de tentativa. Verón no ha sido el único líder asesinado por los usurpadores de sus tierras. Quienes han desafiado a los invasores han seguido a veces similar suerte, caso de Valmireide Zoromará, asesinado a tiros en el año 2009. Diversos organismos han denunciado las numerosas agresiones que sufren los kaiowás. No solamente en casos de conflictos sobre territorios, sino que hasta aquellos que han aceptado marchar a las reservas continúan recibiendo agresiones. Se han producido asesinatos y ataques en la represión de protestas y manifestaciones, pero también por motivaciones bastante más oscuras, como expresión de la discriminación social y racial que padecen los indios expoliados. Un estudio de 2009 hablaba de que unos cuarenta kaiowás al año morían por causas violentas, sin contar el suicidio.

¿Cómo terminará su lucha? Quienes los conocen y los estudian están de acuerdo en que la solución a sus problemas pasa por que a los kaiowás se les devuelvan sus tierras, que se les permita vivir, hacer y deshacer en ellas de acuerdo con sus tradiciones y costumbres. Durante siglos vivieron manteniendo la integridad de unos entornos que terratenientes y multinacionales llegan a destruir en apenas días, y tienen derecho a seguir viviendo de ese modo. Lo más sangrante es que los kaiowás de la actualidad ni siquiera reclaman la devolución de todas sus tierras. Generalmente se conforman con reclamar un territorio que supone solamente el 2% de la extensión del estado de Mato Grosso do Sul. Y ni eso se les concede.

Salvo que contra todo pronóstico algún Gobierno brasileño desafíe a los demás poderes fácticos y trate de blindar de verdad un territorio para los indios, la mencionada solución no tiene pinta de llegar jamás. Desgraciadamente las tierras kaiowás forman parte del Lebensraum de la economía brasileña y los únicos individuos sobre la Tierra que tienen verdadero interés en que se les devuelva son los propios kaiowás que, recordemos, son apenas treinta mil (más unos veinte mil indios de otras tribus) frente a los doscientos millones de habitantes de Brasil. El Estado brasileño, tras las buenas palabras, parece estar siguiendo al dedillo su propia versión de la doctrina del «Destino Manifiesto», tapándose la nariz ante el genocidio cuando no colaborando activamente en él. Las empresas que explotan aquellos territorios hacen todo lo posible por echar a los indios que aún quedan, y cuanto antes. La «comunidad internacional», que vive demasiado pendiente del PIB, la inflación o el experimento del biodiésel brasileño, no va a preocuparse por una comunidad indígena cuya dispersa población total reunida apenas supera la de Manises o Arcos de la Frontera. La prensa se acuerda de ellos cada cierto tiempo y lo hace con comprensible simpatía, pero de manera más bien aislada. Entretanto, durante la próxima semana un kaiowá o dos se suicidarán, otro será asesinado, un niño kaiowá morirá de hambre, otros enfermarán de dengue y malaria, varios se iniciarán en el consumo de alcohol apenas abandonada la infancia… con semejante trasfondo dramático, no resulta extraño que aquella canción de los brasileños Sepultura sonase tan grave y solemne. Sirva esa bella música como homenaje.

 

Reproducción de un artículo de E.J. Rodríguez en la revista Jot Down, aquí…