Uruguay: Árboles, bosques y cultura naturalizada

Diego Martino

La comuna de Maldonado decidió obligar a plantar pinos y aplicar un decreto de 1988. De acuerdo con una nota del diario El País, dicho decreto impondrá importantes multas a quienes no mantengan cierta densidad de pinos en sus terrenos, y “el objetivo [es] preservar el mayor patrimonio natural de Punta del Este y los demás balnearios”.

Me surgen al menos dos interrogantes.

1. Cómo es que la protección de una plantación exótica llegó a posicionarse como el mayor patrimonio natural.

2. Cómo vivencian los turistas europeos y argentinos este paisaje que se intenta preservar.

Comencemos por analizar la escalada de un bosque exótico a mayor patrimonio natural de Punta del Este y demás balnearios. Durante mi trabajo de tesis doctoral en Rocha tuve oportunidad de utilizar durante largas tardes la biblioteca de la Junta Local de Castillos. Durante esas tardes invernales de mate y bizcochos pude revisar todos los periódicos locales desde finales del siglo XIX al presente. En este análisis de los periódicos buscaba identificar particulares percepciones de naturaleza. Una conclusión primaria, y no muy novedosa, es que se hace un culto al árbol, en principio importando poco su origen geográfico o familia taxonómica. Existe desde fines del siglo XIX hasta al menos fines de los años setenta o principios de los ochenta del siglo XX una exhortación a la plantación de árboles. Esta exhortación se puede apreciar tanto en editoriales como en notas periodísticas, avisos clasificados, y hasta poemas publicados por lectores en las ilustres páginas de “El Palmareño” o “Ecos”.

Un análisis un tanto más detallado de estas expresiones en favor del árbol muestra una interesante visión del árbol y de la naturaleza, con matices de contradicción insoslayable. El árbol se presenta como elemento de gran valor, pero también se lo adora como elemento natural. Al mismo tiempo, la plantación de árboles se plantea como una necesidad en el combate contra la naturaleza, esa naturaleza que en Rocha en particular se presenta como dunas “invasoras de campos”.

El árbol representa entonces un elemento que si bien se considera “natural” tiene una característica de domesticación que lo hace admisible y beneficioso para el ser humano. Es desde esa condición semi-natural y doméstica que se lo adora, aprueba y promueve.

A partir de los años ochenta, y particularmente los noventa, se registra un incremento en el número de editoriales y notas periodísticas que ya reconocen los perjuicios que estas plantaciones traen al paisaje y elementos naturales de la zona. Esta nueva visión viene de la mano de una identificación de las plantaciones como elementos no tan naturales y de un reconocimiento de los enormes problemas que esta lucha humano-naturaleza trae aparejada.

En Rocha hoy en día este reconocimiento no es propiedad exclusiva de ecologistas, intelectuales y periodistas. Durante el mismo trabajo tuve oportunidad de entrevistar a ciudadanos de Castillos, mostrarles conjuntos de fotos de distintos paisajes característicos del entorno y pedirles que los rankearan de más a menos natural según su propia percepción (ejercicio común y aceptado en la comunidad académica dedicada a temas de percepción de paisaje). Los montes de pinos o eucaliptos fueron claramente identificados como menos naturales que paisajes de praderas con ganado vacuno, sierras, y hasta arrozales.

La interrogante que uno se plantea es de qué forma el reconocimiento de la importancia de las especies naturales por sobre las plantaciones permeó a la sociedad de Castillos y de Rocha pero no logró adentrarse en la comuna fernandina. ¿Cómo es posible que se posicione a los bosques de un cultivo exótico incentivado para combatir el verdadero patrimonio natural como el mayor patrimonio natural de estos balnerarios?

Existen a mi juicio dos elementos clave para entender esta interrogante. La interrelación entre estos bosques y zonas urbanas en Maldonado, y elementos psicológicos. A diferencia de Rocha, estos bosques están presentes muy fuertemente en zonas urbanas. Por ende, gran parte de la comuna fernandina seguramente pasó su infancia rodeada de este paisaje. Este paisaje está “naturalizado” en sus mentes, no por su condición de nativo sino por su condición de haber estado presente durante toda la infancia, periodo en el cual se arraigan emociones relacionadas con el entorno. No sería sorprendente una encuesta entre fernandinos que nos arrojara un apoyo relativo a esta medida de preservación del pino.

La resolución es entonces comprensible, mas no es aceptable. Comprensible por lo dicho más arriba, existe un arraigo a este paisaje. No aceptable porque la comuna debe sumarle al elemento cultural que la mueve a preservar este paisaje al menos dos elementos más: el ambiental y el turístico.

Comencemos por el turístico y con ello nos adentramos en la segunda de las interrogantes planteadas al principio de esta nota. La principal base económica del departamento es el turismo extranjero. Sería entonces interesante ver qué resultados arrojaría una encuesta sobre percepciones del paisaje fernandino entre turistas extranjeros. ¿Cuál será la reacción de un europeo al encontrarse con este paisaje de pinos? Dudo que sea nostalgia, no extienden su estadía al punto de despertar ese sentimiento. ¿Sorpresa quizás? ¿Curiosidad? Es difícil saberlo, lo que es claro que si quieren ver elementos naturales del país que están visitando tendrán que alejarse del balneario y dirigirse al Este en dirección al vecino Rocha. Esta falta de especies nativas a la zona nos lleva al otro elemento que la comuna parece haberse salteado completamente cuando tomó la decisión, el elemento ambiental o ecológico.

No solo parece habérsele pasado por alto, parece existir una especie de cruzada contra lo nativo. La norma establece la obligación de que los predios estén libres de “malezas herbáceas y leñosas”. De acuerdo con la nota periodística, “la medida se refiere en particular a aquellos que tienen plantados Acacias y otras especias de rápida combustión, como Paja Mansa, Chilca, Espina de la Cruz, Molles y Dodonea”. Salvo las Acacias, ¡todas las especies enumeradas son nativas! Es interesante el calificativo de “rápida combustión”, el cual sirve para categorizar varias especies y condenarlas al destierro.

Mis escasos conocimientos de botánica me dicen que el pino es una especie cuya propagación se ve favorecida por el fuego. Es irónico entonces que una norma dirigida a disminuir el riesgo de incendios promueva el uso de pinos. Está además el problema que ocasiona esta especie cuando hay fuertes vientos. Como puede apreciarse en la foto, la caída de estos árboles generalmente ocasiona daños graves a la infraestructura existente, lo cual se traduce en grandes pérdidas económicas al estado y particulares.

El decreto también establece que si el predio está forestado con otras especies se puede disminuir la densidad de pinos “siempre y cuando se mantenga por encima del 30% de la mínima exigible”. Es decir que el pino debe estar presente en todos los predios. Si yo contara con un terreno de tres o cuatro hectáreas en la zona estaría en una posición económica más afortunada que la actual, pero no podría dejar de plantar mucho pino.

Entre la prohibición de determinadas especies porque supuestamente incrementan el riesgo de incendios y la promoción de una sola especie de árbol se termina imponiendo una única visión de naturaleza urbana posible.

Es necesario educar acerca de la importancia de la restauración y conservación de la naturaleza en zonas urbanas. Pero para ello es imprescindible trascender el eslogan. Debe irse a la raíz y explicar que con árboles nativos hay posibilidades de que vuelva fauna nativa, incluso aves que tanto atraen a los turistas extranjeros tan codiciados en el departamento. Muchos de ellos (los turistas y también los pájaros) viajan miles de kilómetros para ir a Rocha, y en su paso fugaz por Punta del Este (los turistas) se verán mucho más gratamente sorprendidos por ver un pequeño pajarito en un verdadero bosque en Punta del Este que por ver un baldío plagado de pinos exóticos.

La importancia de trascender el eslogan se hace mas patente al leer las declaraciones de dirigentes fernandinos en la nota de El País. Dice el artículo que “fuentes municipales estiman que unos 5.000 ejemplares de pinos y de otras especies fueron volteados por los fuertes vientos que, además, provocaron un severo daño al cordón dunoso y a la playa, retirando centenares de miles de toneladas de arena”. Sería interesante ver con qué base se llega al cálculo de centenares de miles de toneladas de arena. Pero por fuera de eso, trascender el eslogan es clave para desarraigar al árbol de la imagen de lo natural. La caída de esos árboles no es un daño al cordón dunoso y la playa, el daño al cordón dunoso y a la playa es el haber establecido esos árboles en primer termino y haber construido en algunos casos demasiado cerca del mar. Sin embargo, es importante destacar que los proyectos de restauración de dunas no deben ser implementados por el capricho de las tormentas y los fuertes vientos.

La restauración debe ser planificada y estudiada cuidadosamente, ya que se está trabajando sobre una naturaleza con nuevos equilibrios. Medidas que lleven a cambios drásticos pueden perjudicar incluso a especies nativas que han logrado adaptarse a nuevos procesos ecológicos.

La comprensión de la identidad cultural que despierta el paisaje con pinos me lleva a plantear que en forma paralela a esta intención de restaurar los pinos, se establezca un verdadero plan de restauración de la naturaleza en el entorno urbano fernandino. En Maldonado y Punta del Este también hay nostálgicos de la costa con menos edificios, de la punta, el faro y sus rocas, de los arroyos y sus arenas, sin embargo esos lugares o bien no existen o están en ese camino y han sido reemplazados por cemento y balcones. Como no va a haber entonces lugar suficiente para poder planificar una lenta transición de la naturaleza cultural de los bosques de pinos a la Naturaleza propia de la zona que reinaba en la zona hasta hace tan sólo doscientos años.

Todo este asunto me recuerda la experiencia de una amiga en la ciudad de Los Ángeles, California. Bióloga con gran interés en la restauración, con mucho trabajo logro reintroducir varias especies nativas en su jardín, creando un pequeño ecosistema que le valió varios premios de organizaciones científicas conservacionistas. Sin embargo, también le valió una multa de la ciudad de Los Ángeles por no mantener su jardín “en buen estado” y permitir la propagación de “malezas”. Ante estos casos, a uno se le ocurre que una medida conservacionista particularmente efectiva en Australia y Europa sería importar diputados originarios de Los Ángeles y Maldonado a fin de que implementen estas normas particularmente eficientes para la restauración de especies nativas de eucaliptos y pinos.

D. Martino es analista de información en temas de ambiente y conservación en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social). Publicado el 29 de agosto de 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se mencione la fuente.

 
 

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