La lenta tragedia del Pilcomayo

Roberto Navia

 

 

 

El gobierno busca una salida por la vía del consenso - Por Carlos Morales Peña

Diálogo e inversión en tecnología “limpia” son parte de la estrategia del Gobierno para intentar resolver el conflicto desatado entre los ingenios mineros de Potosí y los campesinos de Chuquisaca y Tarija, por la contaminación del río Pilcomayo.
Así lo adelantó el viceministro interino de Medio Ambiente, Jorge Mariaca, quien destacó la voluntad de la actual administración para encontrar una solución concertada al problema del Pilcomayo.
El funcionario señaló que la mitigación de los contaminantes en la cuenca del Pilcomayo es una responsabilidad compartida de las autoridades nacionales, del Congreso, de las prefecturas y de los municipios involucrados y aseguró que se están buscando las alternativas más racionales para solucionar el problema.
Mariaca precisó que la contaminación del Pilcomayo, incluso, tiene relevancia en el contexto internacional debido a que es una “cuenca compartida” con Argentina y Paraguay, países que también están expresando su preocupación por lo que pasa aguas arriba con el depósito de restos minerales que están afectando gravemente el agua y las poblaciones de peces del cual viven miles de comunidades indígenas y campesinas.
“Estamos trabajando en resguardar la salud y la productividad de las áreas por donde circulan estas aguas”, afirmó.
Al ser consultado sobre los intereses contrapuestos que están en juego respecto de la contaminación del Pilcomayo —mineros por un lado y campesinos por el otro—, Mariaca reconoció que “es un dilema porque son dos sectores de la población con demandas legítimas cada uno”.
“No se trata de un conflicto entre ricos y pobres. Hay que buscar una fórmula en la cual todos puedan salir ganando. Para esto se necesita invertir en infraestructura y tecnologías limpias que permitan modificar la actual situación en forma sustancial”, explicó el Viceministro.
“Hay que hacer los diques de colas y llevar a cabo estudios científicos para identificar las principales fuentes de contaminación. Además, hay que implementar medidas muy concretas para resolver el conflicto”, dijo Mariaca.
El funcionario destacó que los ingenios mineros potosinos no están en condiciones de afrontar dichas inversiones, por lo que el Gobierno se ha puesto en marcha para obtener créditos de la cooperación internacional que puedan financiar esta modificación en la forma cómo se producen los minerales en la zona.
Mariaca adelantó que la cooperación internacional ha garantizado la provisión de recursos para este cometido, aunque no precisó a cuánto ascenderían dichos créditos internacionales.
“La estrategia del Gobierno es buscar un consenso para tratar de encontrar una alternativa mediante el diálogo. No vamos a trabajar con un único sector, sino articulando las posiciones que tienen los diversos actores involucrados y afectados por el problema”, puntualizó.
Con relación a la veda total de actividades en la cuenca del Pilcomayo, Mariaca indicó que “es una opción pero no la única. Pienso que no se trata solamente de impedir y detener la producción. Sino ver qué otras alternativas hay para avanzar sin afectar la producción de una región”.
En este marco, afirmó que el dique de colas es una salida. “Pero también la inversión en tecnologías limpias para los ingenios mineros, tal como ocurre en otros países del mundo. Hay que cambiar tecnologías y utilizar prácticas que puedan mejorar la calidad del agua”, sostuvo.


Impulsan una veda que dure tres años

Ante la tragedia ecológica, prohibir la pesca comercial es la propuesta más fuerte que las autoridades pretenden aplicar. Han surgido voces en contra, temen que haya un impacto económico desfavorable.
Sin embargo, el remedio que puede devolver los peces al Pilcomayo es la manzana de la discordia entre el pueblo indígena wennhayek y las autoridades que han propuesto la receta.
La Subprefectura de Yacuiba está por declarar una veda de tres años para impedir que se explote el sábalo y de esa manera esta especie pueda procrear libremente hasta alcanzar una cantidad considerable para la actividad pesquera.
Algo de eso ha escuchado Ruperto Villa, un aborigen que el martes caminaba por la orilla del Pilcomayo y que dijo que su pueblo está preocupado porque históricamente han vivido de la pesca.
Empero, Carlos Castro, del departamento de Recursos Naturales de la Subprefectura de Yacuiba, aclara que la prohibición sólo será para los pescadores comerciales y no así para los wennhayek porque ellos han hecho del sábalo un alimento de subsistencia.
Pero los wennhayek no sólo utilizan los pescados para alimentarse, aclara Joaquín Delgado, que aprendió a pescar desde los cinco años cuando su padre tenía la fuerza de un toro, según cuenta. “Los sábalos son la principal fuente de generación económica”, dice con una voz de gato ronco atacado por el frío que llegó la pasada semana cabalgando en caballos de viento desde Argentina.
Delgado detalla su preocupación: “Nosotros no sólo utilizamos el sábalo para alimentarnos, porque si fuera así ya nos hubiéramos empachado (se ríe y sus ojitos se achinan)”. Luego aclara que la abundancia de peces les ha enseñado a comercializarlos y sacar jugosas ganancias.
Mario Gareca recuerda que en los mejores momentos la pesca les generaba una renta de mil bolivianos al día. “Esa plata la repartíamos entre las 30 personas que trabajábamos en las redadas”, explica y se queda mirando el río como si fuera la última vez.
En todo caso, Castro dijo que la decisión será debatida este mes y será el Ministerio de Desarrollo Sostenible, previo informe de los técnicos de Villamontes, Yacuiba y Tarija, el que tomará una decisión definitiva.
El Viceministerio del Medio Ambiente también está estudiando la forma de devolverle la vida a la cuenca del río Pilcomayo sin afectar la producción piscícola de la zona.
La versión de una posible veda que dure varios años ha llegado hasta los oídos de doña Paulina Rocha, habitante antigua de Villamontes que solventa su economía gracias a la venta de abarrotes que puso en su casa después de la muerte de su marido.
La mujer afirma que este año ha perdido plata porque en abril se aprovisionó de varias latas de alcohol, bolsas de azúcar, coca y otros productos que religiosamente son demandados por los pescadores cuando la actividad entra en su apogeo (mayo, junio y julio). “Me he quedado con gran parte de la mercadería porque no he tenido compradores”, lamenta y se queda pensando qué hacer para el futuro.


Es posible salvar el Pilcomayo
Por Fernando Calderón

Primero hay que medir la falta de oxigenación de las aguas fruto de la contaminación minera. También hay que ver qué otros contaminantes están dañando el Pilcomayo.
Una vez que se tengan esos datos se debe tomar una decisión inmediata para ejecutar acciones concretas para salvar este recurso natural del cual dependen muchas personas. La veda que se pretende dictar (de tres años) puede que dé resultado porque hará que la población de peces aumente y sea capaz de sostener los ciclos de pescas. Pero eso no será suficiente, es necesario que haya un manejo sostenible de esta actividad.
Es posible salvar el Pilcomayo. Para eso también hay que hacer una inventariación de los tipos de peces que aún viven y en qué estado de desarrollo se encuentran.
Pero no es un trabajo solitario el que tiene que ejecutar Bolivia. Existen convenios internacionales a los que se puede apelar para que junto con Paraguay y Argentina se pueda hacer una acción sostenida. Las obras de riego que se estarían realizando en la zona de influencia hacen descender el nivel de las aguas y por eso es que hay mayor concentración de contaminantes y un menor nivel de oxígeno y de los nutrientes que son vitales para la vida de los peces.

  Emergencia. El sábalo ha desaparecido este año en el Pilcomayo. Una comunidad indígena sufre. La catástrofe ecológica fue advertida pero comprendida muy tarde.

El río Pilcomayo agoniza y el peor síntoma de su enfermedad es la desaparición de sus peces que —ancestralmente— alimentaron a los wennhayek y que motivaban la avalancha de gente, de todas partes de Bolivia, que llegaba hasta Villamontes atraída por la fama consagrada del sábalo.

Mientras tanto, el Gobierno apuesta al diálogo entre los sectores involucrados para evitar un conflicto explosivo entre mineros, campesinos e indígenas ubicados en los departamentos de Potosí, Chuquisaca y Tarija. El problema es internacional debido a que también involucra  —además de Bolivia— a Argentina y Paraguay.

Este año los peces que engordan en territorio paraguayo y argentino no han emigrado hacia Bolivia como lo hicieron hasta el año pasado; los pescadores se quedaron tristes, sentaditos a la orilla del río con sus redes listas, esperando a que los animalitos revolotearan por el aire avisando que ya habían llegado.

La pesca en el Pilcomayo fue casi nula este año. Más de 2.000 aborígenes padecen los efectos de una tragedia anticipada. Bolivia, Paraguay y Argentina han sido los propios verdugos de la riqueza piscícola. El Deber acudió al lugar donde nace el Pilcomayo (en Potosí) y terminó caminando por las playas donde los afectados lamentan la catástrofe.

¿Por qué el río que es compartido por tres países está pidiendo auxilio? A lo largo del viaje se consiguieron respuestas que explican los motivos y muestran los descuidos de gobiernos que no reaccionaron ante las voces de alarma que dieron desde hace más de una década diferentes instituciones de Bolivia y del exterior.

Sábalo en extinción

Martha Sánchez está desesperada. Entronada en un sillón de otras generaciones, la vieja wennhayek que —por cuestiones del destino— tiene el mismo nombre de la cantante rubia que nació en el país que “conquistó” América en 1492, soporta la brisa helada del Pilcomayo machacando un bejuco para elaborar carteras. Es lo único que puede hacer para sobrevivir porque los más sabios le han advertido de que el río seguirá negándole los peces que llegaban a tropel en épocas pasadas.

“Decían que vienen, que ya vienen, pero los peces nunca llegaron. Nos quedamos con las redes preparadas y con mucha hambre”, se queja y luego guarda un silencio amable difícil de ignorar.

La Prefectura de Tarija tiene datos científicos que confirman que este año el Pilcomayo no ha sido magnánimo con los wennhayek ni con la larga lista de gente que vive de la pesca: en 1986 se sacaron 1.440 toneladas métricas de sábalo, una de las especies más cotizadas en Bolivia, y el año pasado se consiguieron apenas 474 toneladas. La institución estima que este año la cifra será más desastrosa.

Un análisis realizado en 1999 por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA), ya advertía la sentencia de muerte: “Los ríos potosinos de Tarapaya y La Ribera que sirven de afluentes del Pilcomayo tenían una concentración de arsénico mil veces más que el valor señalado por la Ley del Medio Ambiente 1333 y 5 mil veces superior a lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud”.

El estudio también hizo referencia a que se encontraron 99 miligramos de plomo en cada litro de agua y lo permisible era tan sólo de 0,05 mg/l. Según la investigación de JICA, esto se debía a que más de 20 ingenios mineros botaban cada día más de 1.200 toneladas de desechos contaminantes a los ríos Tarapaya y La Ribera que se convirtieron en canales conductores del material minero hacia la cuenca del Pilcomayo.

Felipe Flores, representante de las cooperativas y de los ingenios mineros de Potosí, dijo que —desde este año— sólo se está depositando a los ríos el 30 por ciento de los desechos mineros porque el resto es enviado a dos diques artificiales.

“La naturaleza ya está cobrando su factura por el daño que se le hizo”, sentencia Roberto Salazar con la autoridad que le da su investidura. Es el Director del Departamento de Recursos Naturales y Medio Ambiente del Corregimiento de Villamontes y uno de los que también llora el exterminio del sábalo.

Pero los ingenios mineros no son los únicos verdugos del río tripartito. Una investigación de la Misión Rusa elaborada en 1995, que fue contrastada por la Prefectura de Tarija en agosto del año pasado, pone en evidencia que las grandes construcciones hidrológicas y complejos de riego ejecutados en la parte baja del Pilcomayo (Argentina y Paraguay) determinan cambios sustanciales en el medio ambiente del sábalo puesto que entorpecen la migración de los peces a territorio boliviano.

“El dique número 28, en Argentina, que no está dotado de construcciones efectivas para el paso de los sábalos, es la causa para la muerte masiva de los reproductores que habitan los bañados ubicados más abajo de las construcciones civiles”, detalla el estudio de la Misión Rusa.

Pero este informe fue ignorado por los gobiernos que se turnaron en el poder desde que éste salió a la luz, en 1995. La comitiva boliviana confirmó la denuncia de los rusos, al evidenciar que la canalización de las aguas para beneficio de la agricultura, en territorio argentino, no tomó en cuenta que en dicha zona existe una especie piscícola que migra aguas arriba para cumplir con su ciclo biológico y que es de gran interés comercial en Bolivia.

También reveló que desde hace 15 años los Esteros de Patiño, ubicados en territorio paraguayo, (donde también se cría el sábalo), no se conectan al cauce del Pilcomayo, lo que impide que desde ese lugar salgan los peces con destino a Villamontes.

Sedimento mortal

Otra arma letal es la gran cantidad de sedimento que es arrastrado como consecuencia de la erosión de la cuenca alta (Bolivia) hasta la cuenta baja (Argentina y Paraguay).

Este material, que no es otra cosa que una mazamorra espesa de lodo, taponea los canales de la cuenca baja por donde los peces escapan para nadar en contracorriente hacia Bolivia.

Sin conocer ningún documento científico sobre el desastre que asechaba al Pilcomayo, el pueblo wennhayek vaticinaba lo que estaba pasando. “Los paraguayos y argentinos han trancado el río y están impidiendo el paso de los peces”, comentaban ya en el año 2000 cuando la pesca alcanzó a 557 toneladas métricas, una cantidad por debajo de las expectativas.

Martha Sánchez se ríe cuando dice que el Gobierno ha establecido que dictará la veda para la pesca el 15 de septiembre. “Piensan tomar medidas como si el río estuviera lleno de peces”, dice sentada en su trono ancestral, a orillas del Pilcomayo.

El pasado glorioso sólo es un sabroso recuerdo

Hay un hombre moreno sentado en una piedra a orillas del Pilcomayo. Está ahí desde hace tres horas, ignorando el surazo que llegó a Villamontes el martes 30 de agosto.

“Me llamo Fidel Delgado y tengo hambre”, dice y se excusa de dar la mano porque no puede soltar el hilo de pescar.

—¿Un wennhayek acaso no es experto en atrapar peces con las redes que miden más de 150 metros de largo?

—Eso era antes. Cuando había abundantes peces en el río.
El hombre moreno hace memoria:

—Antes, los sábalos se desesperaban porque los saquemos del agua de tantos que eran. Hasta volaban los pobres. Si viera usted, la playa del Pilcomayo era llenita de camiones y de gente de todos lados, hasta extranjeros llegaban. Con la plata de las ventas nos comprábamos heladera, tele, radio, bicicleta, alcoholcito. Ahora nada, ya ni para comer podemos conseguir pescando.

Dice que se quedará un rato más, esperando a que pique el anzuelo y que le gustaría que alguien le regale coquita.

Puros decretos, nada de hechos

En 1993, el entonces fiscal general de la nación, Óscar Crespo, declaró que “la contaminación minera del Pilcomayo era inaceptable”.

En mayo de 2000, José Luis Carvajal, entonces ministro de Desarrollo Sostenible y Planificación, dijo: “El Pilcomayo se nos muere. Estamos detrás de los responsables de la contaminación y en cuanto conozcamos quiénes son, se aplicarán las sanciones”.

En agosto de 1997 se promulgó una reglamentación ambiental específica para el sector minero, a través del Decreto Supremo 24782 que otorgaba un plazo para que los empresarios mineros presentaran sus manifiestos ambientales hasta el 1 de febrero de 1999. El 11 de junio de 1999 se amplió el plazo hasta finales de 2000.

En septiembre de 1998, el entonces ministro de Desarrollo Sostenible y Planificación, Erick Reyes Villa, y los prefectos de los departamentos del sur del país firmaron un acta de entendimiento que preveía la construcción inmediata de un dique de colas provisional para evitar daños ambientales durante el proceso de diseño y construcción del dique de colas de San Antonio.

Después de tres años y medio, el 11 de marzo de 2002, se inició el diseño final del Sistema de Alcantarillado de Potosí, que incluye también el dique de colas San Antonio. El diseño final debía ser presentado, a más tardar, el 10 de octubre de 2002 y las obras adjudicadas a mediados de enero de 2003. Hasta ahora la obra no existe.

 

R. Navia es periodista de El Deber. F. Calderón es biólogo. Foto: Rolando Villegas. Publicado en el suplemento "Domingo" del diario La Prensa, La Paz, Bolivia, el 4 de setiembre de 2005. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 
 

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